Anochece una tarde cualquiera, probablemente en víspera de fin de
semana. La última luz del crepúsculo da paso al ajetreo nocturno en la ciudad: se ha
terminado el trabajo, es hora de hacer vida social, en torno a una mesa servida o un
vaso de vino; de compartir con los amigos o simplemente, celebrar sin importar el
motivo. Restoranes y bares se pueblan de comensales, y en las calles cercanas, el
bullicio creciente augura una agitada jornada nocturna. De pronto, aparecen de la
nada unos muchachos alegres y ruidosos, con extraños trajes negros que se
confunden con las sombras y que llevan al descubierto instrumentos que hacen
recordar a los juglares medievales. Se detienen, se agrupan de manera más o menos
ordenada y rompen súbitamente el silencio con un inconfundible sonido, mezcla de
sus trinos chillones y sus voces roncas, a veces tosco, sin embargo, romántico y
cautivador. Dicen ser de tal universidad, y después de interpretar parte de su
repertorio y recitar algún verso, se despiden llevando, generalmente, algún dinero
recogido entre el público en el pandero. Más tarde, se les puede ver rondado por las
calles, dando una serenata, riendo y cantando de manera despreocupada, para luego
desaparecer en oscuridad, donde las sombras se confunden con sus vestiduras y sus
voces se pierden entre la soledad de la noche.
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